miércoles, 30 de septiembre de 2026

#Reflexión: 30 de Septiembre, seguimos en el camino.

 30 de septiembre. El final de una etapa que nunca olvidaré

Hoy me cuesta algo más escribir y mira que he escrito cosas en este blog durante muchos años. De trabajo, de amigos, de mi pueblo, de fiestas, de proyectos, de momentos buenos y de otros bastante menos buenos. He escrito enfadado, ilusionado, orgulloso, cansado, triste... incluso alguna vez simplemente para intentar ordenar mi cabeza. Pero hoy es diferente. Hoy escribo con un nudo en la garganta.

Hoy, miércoles, 30 de septiembre de 2026, será el último día de existencia de SEICO LEGAL como sociedad, el último día de una empresa que para cualquiera puede ser simplemente un nombre, un CIF, unas cuentas, una escritura o una sociedad mercantil. Para mí no. Para mí SEICO ha sido una parte de mi vida, y una muy importante.

El 1 de octubre comenzará definitivamente una nueva etapa dentro de Talenom, una etapa ilusionante que yo mismo he elegido, que hemos elegido, en la que creo profundamente y que afronto con una ilusión enorme. Estoy feliz, de verdad, y estoy convencido de que hemos tomado la decisión correcta, pero estar feliz con lo que viene no significa que hoy no pueda estar triste por lo que termina. Las dos cosas son perfectamente compatibles y, mientras escribo estas líneas y miro hacia atrás, me resulta imposible no emocionarme. Porque para mi ha sido mucho. Muchísimo.

Parece que fue ayer. Seiko, con K, después llegó Seico, con C, de Asesores quisimos ser Consultores, porque entendíamos que nuestro trabajo tenía que ser mucho más que hacer nóminas, presentar impuestos o llevar contabilidades. Empezamos en un pequeño espacio y terminamos en Sagasta 2. Fuimos creciendo, llegaron clientes, compañeros, problemas, responsabilidades, proyectos y muchas horas, demasiadas algunas veces. Aquello que un día empezó siendo una apuesta acabó convirtiéndose en algo muchísimo más grande de lo que probablemente imaginábamos cuando comenzamos.

Recuerdo perfectamente aquel momento. Después de veinte años trabajando en el mismo sitio decidí moverme. Podía haberme quedado tranquilo, podía haber seguido haciendo lo que sabía hacer y podía haber elegido seguridad, pero elegí otra cosa. Elegí arriesgar, elegí volver a empezar y reconozco que tuve miedo. Claro que lo tuve, porque ser emprendedor no consiste en no tener miedo, sino muchas veces en tenerlo y seguir caminando igualmente. Y caminamos. Vaya si caminamos.

No quiero idealizar estos años porque sería injusto hacerlo. Ha sido muy duro. He trabajado muchísimo, he peleado muchísimo y también he sufrido bastante más de lo que mucha gente sabe. Ha habido noches sin dormir, preocupaciones que me llevaba a casa, llamadas a cualquier hora, fines de semana trabajando, problemas que parecían no tener solución y momentos en los que la responsabilidad pesaba demasiado. He vivido días en los que pensaba que podía con todo y otros en los que simplemente intentaba llegar al final del día.

Y tú que lo estás leyendo, no lo olvides que por medio nos cayó una pandemia. Ahí es nada. Todavía recuerdo aquellos meses, el teléfono no paraba, las normas cambiaban continuamente, los clientes tenían miedo y nosotros también, porque detrás del asesor también había una persona. También teníamos padres, parejas, hijos y amigos, también teníamos miedo, también sufríamos y también llorábamos. Pero cada mañana había que ponerse delante del ordenador y continuar. ERTE, cierres, reaperturas, prestaciones, normas que cambiaban de un día para otro... y seguimos. SEICO siguió no sé muy bien cómo, pero seguimos. Y creo que aquellos meses me enseñaron muchas cosas sobre esta profesión, sobre la responsabilidad, sobre las empresas y, especialmente, sobre las personas. También me enseñaron que cuando llegan los momentos realmente difíciles es cuando descubres quién está a tu lado y de qué está hecho un equipo.

Porque si algo tengo claro hoy es que SEICO nunca he sido yo. SEICO hemos sido todos. Los que estuvieron al principio, los que llegaron después, los que siguen e incluso quienes estuvieron durante un tiempo y después continuaron su camino en otro lugar. Cada uno dejó algo, cada persona aportó su granito de arena y cada una forma parte, de una manera u otra, de esta historia.

Por eso hoy no quiero dar nombres. Y mira que me gustaría, podría escribir muchos, muchísimos, pero seguramente me olvidaría de alguno y sería tremendamente injusto. Así que prefiero decirlo de otra manera: gracias a todos. A todos los que alguna vez habéis formado parte de SEICO, a quienes habéis compartido conmigo una oficina, a quienes habéis aguantado mis prisas, mis ideas, mis manías, mis audios, mis llamadas y seguramente también algún mal día. A quienes habéis confiado en mí, a quienes me habéis dicho que estaba equivocado, a quienes habéis conseguido que cambiase de opinión, a quienes habéis estado cuando las cosas iban bien y, especialmente, a quienes habéis estado cuando iban mal.

Gracias también a nuestros clientes, a los que confiaron cuando apenas empezábamos, a quienes llegaron después, a quienes nos recomendaron y también a quienes nos exigieron mejorar. A compañeros de profesión, colaboradores, amigos y a tantas personas que se fueron cruzando por el camino.

Todos habéis colocado una piedra en SEICO y sin todas esas piedras no existiría lo que hoy existe.

Durante estos años también he intentado dirigir personas, aunque nunca me ha gustado demasiado eso de que me llamen jefe. Siempre he preferido sentirme compañero, probablemente porque sigo pensando que un equipo no se construye desde un despacho dando órdenes. Se construye estando, escuchando, ayudando, dando la cara cuando toca, celebrando juntos cuando las cosas salen bien y poniéndose delante cuando vienen mal dadas.

¿He sido un buen líder? No me corresponde a mí decirlo. Espero que sí. Lo he intentado de corazón. Y voy a seguir intentándolo en esta nueva etapa, porque si hay algo que tengo claro es que quiero seguir caminando al lado de mi equipo, y a partir de ahora, de muchos compañeros más.

También sé que me he equivocado. Muchas veces. Hoy haría cosas de otra manera, tomaría algunas decisiones distintas, escucharía más en determinados momentos, me preocuparía menos por algunas cosas, dedicaría menos tiempo a problemas que hoy sé que no merecían tanto, diría algún NO que no dije y seguramente algún SÍ que entonces no supe decir. Forma parte del camino.

No quiero borrar mis errores, porque también ellos me han hecho aprender y me han traído hasta aquí. A estas alturas prefiero mirar hacia atrás sin engañarme, reconocer lo que hice bien, asumir lo que hice mal y quedarme con todo lo aprendido.

Pero hay una cosa que sí me pesa especialmente cuando hago balance: el tiempo.

Porque levantar un proyecto tiene un precio y yo lo he pagado, pero conmigo también lo han pagado personas que seguramente no tenían por qué hacerlo. Mi familia.

He perdido comidas, tardes, fines de semana, conversaciones, partidos y momentos de mis hijos que no van a volver. He estado físicamente en sitios en los que mi cabeza seguía trabajando, he mirado demasiadas veces el teléfono cuando debería haber estado mirando a quien tenía delante y he dicho demasiadas veces: «Un momento, que tengo que contestar esto», «cinco minutos», «ahora termino». Y demasiadas veces aquellos cinco minutos fueron media hora, una hora o una tarde.

No escribo esto para arrepentirme de mi vida, porque no lo hago. Estoy orgulloso de lo que hemos construido. Pero cumplir años también consiste en entender que el éxito profesional nunca puede medirse únicamente por lo que has conseguido, sino también por lo que has dejado por el camino para conseguirlo. Y yo he dejado cosas. Demasiadas algunas veces.

Por eso una parte de esta nueva etapa también quiero que consista en aprender. En seguir trabajando, seguir luchando, seguir emprendiendo y seguir soñando, porque no sé vivir de otra manera, pero también en vivir. Tengo mucho por hacer profesionalmente, me quedan muchas apuestas por delante y muchos proyectos por intentar, pero, sobre todo, tengo mucho por vivir y quiero vivirlo y compartirlo más con los míos.

Hay otra frase que inevitablemente me viene hoy a la cabeza. Hace muchos años alguien dijo de mí: «Tú no eres un emprendedor». Bueno... qué cosas. No quiero utilizar esta entrada para ajustar cuentas con nadie. A estas alturas de mi vida no lo necesito, pero reconozco que hoy me hace sonreír. Porque quizá aquella persona me hizo un favor sin saberlo. He aprendido que muchas veces las palabras de quienes dudan de ti pueden convertirse en gasolina, y aquella frase lo fue.

Nunca he necesitado demostrarle nada a nadie, pero sí he necesitado demostrarme muchas cosas a mí mismo. He emprendido, me he equivocado, he perdido, he vuelto a empezar, he acertado, he arriesgado, he llorado, me he levantado, he creado proyectos, he creado empleo, he acompañado a empresas, he conocido personas maravillosas y sigo teniendo proyectos en la cabeza.

Así que no sé si cumpliré la definición académica de emprendedor. Ni me importa demasiado. Soy Alberto Joven el mismo que empezó prácticamente de la nada, el mismo que viene de una familia humilde, el mismo que sabe perfectamente de dónde viene y el mismo que intenta no olvidarlo nunca.




Y llegamos a Talenom. Quiero decirlo muy claro: esta integración no es una derrota, no es abandonar, no es rendirse y mucho menos es el final de mi proyecto profesional. Es exactamente lo contrario. Es crecer, es entender que llega un momento en el que, para seguir avanzando, necesitas hacerlo acompañado de una estructura mayor, con más recursos, más conocimiento, más tecnología, más especialistas y nuevas posibilidades. Es abrir una puerta que difícilmente podríamos haber abierto solos y es, sobre todo, afrontar el futuro con mucha más fuerza.

La decisión no fue sencilla. Quien haya levantado alguna vez algo desde cero entenderá perfectamente de qué hablo. Cuando una empresa lleva tantos años siendo parte de tu vida, tomar una decisión así no se hace en una tarde. La he pensado muchísimo, la he meditado, le he dado mil vueltas y tampoco voy a mentir: algún lloro me he echado.

Porque detrás de una operación empresarial existen balances, contratos, números y estrategias, pero detrás de SEICO estaba mi vida. Y eso no aparece en ningún Excel.

Hoy estoy absolutamente convencido de la decisión que hemos tomado. Veo las posibilidades que tenemos por delante y me ilusionan muchísimo. Quiero ver crecer Talenom en Zaragoza, quiero ayudar a construir una oficina importante, quiero aportar mi experiencia, quiero aprender, quiero desarrollar negocio, quiero seguir al lado de nuestros clientes y quiero seguir trabajando con mis compañeros.

Quiero que cuando alguien entre en Sagasta 2 siga sintiendo que entra en nuestra casa. Cambiará una sociedad, cambiarán determinadas estructuras, procedimientos y formas de hacer algunas cosas, pero hay otras que dependen exclusivamente de nosotros y que no quiero que cambien nunca: la cercanía, la confianza, el compromiso y estar al lado de las personas cuando realmente nos necesitan.

Han sido meses intensos. Muy intensos. Una integración de estas características no es sencilla. Hay momentos de incertidumbre, cambios, procesos nuevos, formas distintas de hacer las cosas, decisiones difíciles y también cansancio. Pero cuando levanto la cabeza y miro lo que tenemos delante sigo pensando lo mismo: ha merecido la pena.

Estoy ilusionado. Mucho. Creo sinceramente que tenemos una oportunidad extraordinaria y pienso dejarme la piel para aprovecharla, como siempre. Quizá ese haya sido muchas veces mi problema y quizá también sea una de mis virtudes.

Hoy sentimentalmente cerraré una puerta y seguramente me quedaré unos segundos mirándola. No porque no quiera abrir la siguiente, al contrario, estoy deseando hacerlo, sino porque creo que uno debe saber despedirse, dar las gracias, mirar hacia atrás, reconocer lo que ha costado llegar y, por qué no, permitirse emocionarse.

Porque SEICO ha sido la apuesta profesional más importante y apasionante de mi vida. Eso ya no me lo quitará nadie. Ni una fusión, ni un cambio de nombre, ni una escritura, ni el paso del tiempo.

SEICO estará siempre en mi historia, porque una empresa puede desaparecer jurídicamente, pero no desaparecen las personas, las experiencias, los aprendizajes ni los recuerdos construidos dentro de ella. Y mucho menos desaparece aquello en lo que esa empresa te ha convertido durante el camino.

Y al llegar hasta aquí, inevitablemente, apareces tú. Papá.

Este blog nació por ti y tantos años después sigues apareciendo cuando escribo las cosas que verdaderamente me importan. Cómo me gustaría poder contártelo, sentarme contigo y decirte: «Papá, ¿te acuerdas de todo aquello? Pues mira hasta dónde hemos llegado».

Me gustaría saber qué dirías, aunque creo que puedo imaginármelo. Probablemente no harías un gran discurso, nunca hizo falta, pero me gustaría pensar que estarías orgulloso. No de los números, ni de las oficinas, ni de las empresas, ni de los cargos. Orgulloso simplemente de verme luchar, de caerme y levantarme, de no olvidar de dónde vengo, de intentar ayudar a los demás y de seguir siendo Alberto. El chico del Emilio y la Maricarmen, el Alberto el de Morés. Eso sí que no quiero olvidarlo jamás.

Así que sí, hoy estoy triste y estoy feliz. Parece contradictorio, pero no lo es. Estoy triste porque termina algo que quiero profundamente y estoy feliz porque comienza algo en lo que creo profundamente.

Supongo que hacerse mayor también consiste en entender que algunas de las mejores decisiones de nuestra vida pueden doler.

El 30 de septiembre de 2026 termina una etapa y el 1 de octubre de 2026 comienza otra. Pero no comienzo desde cero, y eso es precisamente lo bonito. Comienzo con todo lo aprendido, con todas las cicatrices, con todos los errores, con todos los aciertos, con todas las personas que han caminado a mi lado, con todo SEICO dentro de la mochila y con unas ganas enormes de seguir.

Me quedan proyectos, retos, ideas, trabajo, familia, amigos, pueblos, toros y sueños.  Me queda vida  y pienso aprovecharla.

Gracias, SEICO, por absolutamente todo. Y gracias a todos los que, de una manera u otra, habéis formado parte de esta historia. Quizá se me escape alguna lágrima. No pasa nada. También los toreros tienen miedo y los emprendedores lloran.

Después me secaré los ojos, abriré de nuevo la puerta de Sagasta 2 y volveré a hacer lo que llevo haciendo toda mi vida: seguir adelante, Papá, allá donde estés...seguimos, porque esto no termina aquí. Ni mucho menos.

🚀 Seguimos en el camino


Alberto Joven

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